viernes, 30 de octubre de 2009

Se busca Arbol Vivo, exposición Nela Salgado en Yar Burba

“Se busca un árbol vivo”
El árbol es símbolo de vida. Cuando nos encontramos inmersos en una arboleda nos sentimos serenos, sosegados, descansados y tranquilos, porque el árbol trasmite paz. Los árboles son esos seres que nos acompañan desde siempre, y cumplen, calladamente, su incansable labor de proveernos el oxígeno que necesitamos todos los días para sobrevivir en este mundo tan convulso. Los árboles son, en pocas palabras, nuestros amigos incondicionales de toda la vida.
Por ello, una de las mayores amenazas para la existencia del ser humano en nuestro planeta es la deforestación. Desnudar el planeta de sus bosques y de otros ecosistemas como de su suelo, tiene un efecto similar al de quemar la piel de un ser viviente. Porque los bosques ayudan a mantener el equilibrio ecológico y la biodiversidad, limitan la erosión en las cuencas hidrográficas e influyen en las variaciones del tiempo y en el clima.
Los árboles, pues, cumplen con la magia de la vida, pero aparte de su importancia para mantener latente el planeta, tan amenazado en los últimos decenios por culpa de la raza humana, el árbol es símbolo indiscutible de la belleza. ¡Cuánto disfrutamos al ver un árbol con su fuerte tronco, sus raíces que se hunden en la tierra, sus ramas que se mueven al compás del viento, sus flores y sus frutos!
El árbol inspira nobles sentimientos nos invita a invita a vivir, a ser felices. Por ello, cuando nos invade la tristeza, no hay nada más reconfortante que abrazarse a un árbol; es una experiencia maravillosa.
Por ello he decidido exponer en galería Yar Buba ubicada en el barrio Escalante, una serie de trabajos que evocan la existencia de nuestros amigos los árboles.

Como se podrá observar, utilizo una técnica novedosa que consiste en ensamblar cientos de fragmentos de tela de aproximadamente un centímetro cuadrado y de los más diversos colores, evocando el trabajo de los puntillistas, donde lo verdadero se forma en la retina de nuestros ojos y lo que apreciamos finalmente es la vibración global del trabajo artístico.

Para lograr este cometido en le formato final de esta obra, mi mente ha girado en tono al árbol en diferentes colores y tamaños, utilizando la técnica mixta a través de la tela, el acrílico y el óleo.

En esta tarea de magnificar la majestuosidad del árbol en un lenguaje elemental, he buscado incansablemente plasmar lo extraordinario de su significado, su enorme belleza plástica y su aporte a n nuestras vidas en una técnica elemental, como si la parte más inocente de mi alma se estuviera manifestando.

Porque el árbol, al igual que los niños, ha sido maltratado y explotado a través de los siglos, violentado sin misericordia en medio de un gran silencio mientras se nos ha ido pasado, lenta pero inexorablemente, la factura por su irresponsable destrucción.
Las imágenes que descubrimos en esta muestra nos llevan irremediablemente a nuestros años de la infancia, cuando dibujábamos una casita y junto a ella un árbol grande, vigoroso, lleno de vida y color, todo plasmado en un lenguaje universal y eso es precisamente lo que pretende el arte: la búsqueda de un lenguaje universal que alimente nuestro espíritu sin distingos de edad, igual a un niño que a un adulto o un anciano.

La técnica o el material que he utilizado en esta faena artística me encontró a mí esta vez en vez de buscarla yo, y, como siempre, con una actitud de ver en todo algo utilizable, de rescatar del baúl del recuerdo materiales maravillosos salvándoles del basurero donde suelen acabar.

Porque mis ojos siempre andan buscando incansablemente diversas opciones o posibilidades y esta vez ocurrió que un familiar mío, cuya existencia busca ya los cien años, ha dedicado parte de su días a cortar pedacitos de tela para ejercitar su fuerza motora. Al apreciar su rutina y el producto final de ese material tan maravilloso, allí mismo supe que era la materia prima idónea para mi próximo trabajo y que sin duda lo iba a aprovechar pues en ese momento vibraron en mis ojos sus colores revueltos y en mis manos pude entonces sentir las diferentes texturas.

Momento decisivo: ya tenía el lenguaje adecuado para compenetrarme con los árboles. Había descubierto que existía mucho en común entre estos diminutos pedacitos de tela que venían de fibras vegetales y lo que en mi mente me venía dando vueltas desde hacía algún tiempo: rendirle tributo a al árbol, nuestro entrañable amigo.

No todo ha sido fácil: estos fragmentos de tela me obligaron a conocerlos en su textura, su color y su significado. Unos eran fáciles de pegar; otros no tanto, y ¡claro! me hubiera encantado coserlos a mano, pero mi motora fina nunca ha sido tan fina, así que los coloqué pegándolos paciente y entusiastamente uno a uno, descubriendo de esa forma que algunos tendían a deshilacharse y que otros vibraban más de la cuenta.

Con relación al nombre de la exposición “Se busca un árbol vivo” pretendo hacer un llamado de atención, tal y como se hacía con los bandidos en el viejo oeste, cuando se ofrecía una recompensa en efectivo por el cuatrero vivo y no muerto. Hoy, la recompensa que buscamos es garantizarle más vida al planeta tierra.

La tarea ha sido ardua y paciente, pero muy enriquecedora -y sobre todo fascinante- puesto que cada trabajo es un árbol distinto, un mundo diferente. Esa es la esencia del mensaje: que el público logre, a través de estos trabajo, elementales pero significativos, retomar la inocencia que nos dio el ser niños, por un lado, y tomar conciencia de la importancia de preservar nuestros árboles, esos incomparables amigos que nos transmiten la alegría de vivir.

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